«

»

Dic 23

LA SOLIDARIDAD COTIDIANA

TU lankide- Azaroa 2010 noviembre Nº 561- José Mª Larrañaga

Un estudiante de la Eskola Politeknikoa de Mondragón, allá por los años 60 se quejaba a Arizmendiarrieta porque se les hacía barrer la clase dos veces por semana. “Encima que pagamos la matrícula, tenemos que barrer” argumentaba el chaval. D. José María le replicó que la suya era la postura del “señorito” que tiene derecho a ensuciar pero no la obligación de limpiar. No sabemos si el argumento hizo mella en el joven y si por el contario anotó en su memoria el incidente como una muestra más de las rarezas del “cura”. Pero el incidente tiene más trasfondo ideológico de lo que puede parecer.

Derecho a ensuciar

El barrer, el limpiar son oficios despreciados, que no despreciables, que se dejan para quienes no tienen otro modo de ganarse la vida. Las limpiadoras clásicas son las mujeres y no es extraño que las niñas aprendan a barrer y los niños no en muchas de nuestras familias. Con este proceder profundizamos, aún más, en la discriminación de género pero, sobre todo, perdemos la oportunidad de inculcar en los chicos el gusto por la limpieza, el orden y la salubridad. Quien se acostumbra a ver que otras personas, las mujeres de la casa, van tras sus pasos para recoger lo que arroja, para limpiar lo que ensucia y ordenar lo que arroja sin orden lo que le estorba, está preparándose para dividir el mundo entre quienes tienen el derecho a exigir que los demás le sirvan en aquello que ellos no desean hacer y, por el otro lado, los que tienen la obligación de cuidar el aseo, el buen orden y la disciplina de la comunidad.

Los derechos y los deberes no son divisibles a nivel social como no lo son a nivel individual. Ni los derechos para unos y las obligaciones para otros, ni obligaciones sin derechos o derechos sin obligaciones, porque la única manera de legitimar el derecho es uniéndolo a una obligación. Separar estos dos conceptos, dividirlos en unidades desvinculadas es inhumanos, un despropósito social y una tragedia personal.

La gente que cree ser superior porque no tiene que barrer la guarrería que dejan “porque lo pueden dejar”, esos personajes arrogantes que ignoran a quienes les permiten vivir en un amiente sanitariamente aceptable son los profetas del mundo convertido en estercolero moral. Mala gente que camina y va apestando la tierra.

Extraña la impunidad con las que tratamos a los que contaminan las aguas, los vientos, los campos y los bosques apelando al desarrollo y a los beneficios económicos. Las futuras generaciones tendrán que pagar el coste de la suciedad que ahora producimos. Será un pago en salud, en calidad de vida, en hermosura y en higiene además de en dinero. Nuestros nietos vivirán peor y les costará más caro porque no hemos aprendido a limpiar nuestra propia porquería.

Esa guarrería humana en su aspecto más literal no deja de ser una cotidiana demostración de la insolidaridad. Lo que ellos se permiten hacer en la calle, en la empresa o en los sitios que no son de su propiedad lo plantean como un derecho pero esa misma conducta si es practicada por otros en su terreno o propiedad es un delito.

Es posible que quien no recoge la caca del perro que pasea, tenga su casa reluciente, que quien tira el pañuelo usado por la ventanilla del coche no lo dejará en el suelo de su habitación o quien deja un casco de botella en un banco jamás lo hiciera en su cocina. Seguro que muchos de los que dejan la luz encendida, el café derramado o no recogen el material caído en la fábrica montan en cólera si alguien de sus amigos o familiares hace lo mismo en su casa.

Limpiar el aula y la escuela

La cultura y la educación no es algo que se manifiestan en algunas cosas sí y en otras no; en algunos momentos sí pero no en otros. La persona educada siempre demuestra su educación porque es algo que constituye su personalidad. Como no puede nadie estar medio embarazada tampoco es posible ser medio educado o medio solidario. O se es del todo o no se es.

Por eso la respuesta de Arizmendiarrieta iba mucho más allá de la anécdota del barrer: quería educar en la idea de la solidaridad y la responsabilidad. Comenzando por las cosas cotidianas, por las cosas simples de cada día.

Crear valores es cosa de detalles repetidos en cada momento y en cada situación. La solidaridad que se lleva a los discursos y que se alardea en las grandes ocasiones es una solidaridad vacía, de escaparate, superficial. Decía el gran poeta León Felipe

“Voy con las riendas tensas // y refrenando el vuelo // porque no es lo que importa // llegar sólo ni pronto, // sino llegar con todos y a tiempo”.

Estas prisas por consumir más, esa precipitación por alcanzar los máximos niveles de despilfarro que nos invade cuando tenemos y nos deprime cuando no tenemos. Esa mitificación de la crisis como mal que afecta a todos pero que si uno mira de cerca está dividida entre quienes tienen el derecho a poseer y quienes tienen la obligación de padecer la penuria. Resulta obsceno que un solo deportista de élite reciba por ficha una cantidad similar a la que supondría el presupuesto total anual de una empresa de 500 trabajadores. Resulta insultante que a esos astros se les pida autógrafos como si fueran los salvadores de su tribu mientras que quienes levantan cada día la precaria economía familiar son tomados como seres inferiores, despreciables, obligados a apretarse el cinturón porque estamos dispuestos a pagar el espectáculo antes de administrar un mínimo criterio de justicia en el binomio obligaciones y derechos.

La solidaridad no es solo un derecho del que carece, es también un deber de quien tiene. Recordemos el famoso 0,7 de ayuda a los países pobres para que la sobrevalorada crisis económica financiera se convierta en la vacuna que este mundo necesita para curar su criminal egoísmo y recuperar la sensatez que nos permitirá no enfermar sin remedio y perecer como humanidad en el futuro.

Cultura y biología

Muchos antropólogos de los primeros años del siglo XX tuvieron miedo a publicar sus estudios sobre las culturas indígenas de África y América porque el retraso que mostraban en las relaciones y en la estructura social podía hacer pensar y dar argumentos a los racistas que la superioridad cultural que mostraban los europeos fuera interpretada como consecuencia de una superioridad biológica. La historia les dio la razón y el dolor que produjeron determinadas ideas fue tan grande que aún la humanidad se estremece de espanto.

Pero ya no queda ninguna duda y todos los humanos partimos del mismo nivel biológico. Es la cultura la que determina el nivel de respuesta a los problemas y dilemas del mundo. Un niño bosquimano, un indio shosson o un esquimal trasladados a un ambiente europeo, a un entorno determinado puede ser tan elegante como un lord inglés o tan sofisticado como un parisiense emparentado con la nobleza. Eso es lo que han descubierto los científicos.

Quizás en vez de preguntarnos porque los jóvenes no sean como nosotros, deberíamos recapacitar si lo que aprenden en la calle, en la escuela, en la TV es a unir responsabilidad y derechos en un solo “paquete cultural” o, como aquel joven que se negaba a barrer, aprenden que unos pueden ensuciar y otros deben barrer.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
A %d blogueros les gusta esto: